«Contame de tus zapatos»

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Hace dos años quise hablarles sobre una chaqueta que me encanta y uso muy poco, una chaqueta de la que siempre se burlan mis amigos, y sobre cómo una noche le ahorró una infracción de tránsito a uno de ellos porque brillaba tanto que el guarda la aceptó como chaleco reflectivo. Tomé la foto y escribí un par de párrafos para contarles su historia conmigo, luego me pareció bobo y eliminé el post. No volví a pensar mucho en el tema hasta hace un mes, cuando a las afueras del Museo Casa de la Memoria, un señor se me acercó y dijo «contame de tus zapatos».

Estaba en el centro de Medellín y obvio tengo prejuicios, solo pensé: «Dios, no. Lo que me faltaba para hoy: volver sin zapatos a Caldas«. Entonces le miré los zapatos y resultan que eran mucho mejores que los míos. ¡JA, qué penita!

Como no respondí, se acercó más y comenzó a contarme de sus zapatos: «me gusta trotar y estos me los compré para eso, pero me gustaron tanto que los dejé también para ponerme con jeans». Esas palabras me parecieron muy íntimas, sentí que me había compartido una parte de su vida y entonces a cambio le di un pedazo de la mía: «estos los compré hace seis meses porque quería cambiar de trabajo y estaba animada, quería cambiar mi vida».

¿Y la cambiaste?, me dijo. En eso estoy, solo que no salió de la manera que esperaba, aunque sí tengo otra vida ahora, le dije.

Estoy segura que notó mi incomodidad al responder porque luego habló sobre lo poco que pensábamos en los zapatos y lo mucho que hacían por nosotros. ¿Estaba trabado? No lo sé, por lo general me agradan las personas que hacen preguntas raras para iniciar conversaciones, yo las hago con frecuencia. Trabado o no, el hombre me cayó lo más de bien.

Yo complementaría su última afirmación diciendo que no son solo los zapatos, como sociedad compramos algo todo el rato y pocas veces pensamos en las historias que van desarrollando los objetos junto a nosotros. Aunque se promueve mucho que lo comprado sea de segunda mano o que cuando yo lo deje le sirva a alguien más, es como si el objeto y yo no pudiésemos ser un nosotros durante el tiempo juntos… como si se nos prohibiera conectarnos con ellos lo suficiente para luego tener el valor de solo desecharlo al mínimo capricho.

No sé qué pasaría si pensáramos en ese nosotros, si además de hablarle a las matas también lo haríamos con los objetos, pero desde niña he visto a mi mamá abrazar la nevera antes de dormir (algunas veces), a lo mejor esa es su forma de expresarle su cariño, pero eso es otra historia.