El dolor es un resfriado

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No se publica todo lo que se escribe, ni mucho menos todo lo que se piensa, escucha o dice, y aplica para la vida personal como para los periódicos. Sin embargo, en ciertos momentos de nuestras vidas, somos lo bastante incautos o vanidosos (a veces ambos) para publicar palabras pensando poco en su impacto. Esto pensé mientras recorría el Museo Casa de la Memoria. Yo tengo un texto con el que sigo sin reconciliarme, llevo 13 años pensando que nunca debió publicarse. El artículo fue una de mis primeras tareas de la carrera y era sobre el conflicto armado.

Recuerdo que me tomó 15 días encontrar una victima, era madre de un falso positivo que tuvo la «fortuna» de recuperar los restos de su hijo y sepultarlo. También recuerdo que iba una o dos veces por semana a encontrarme con ella al centro y que casi todos los días sacaba un rato para rastrear en otras partes los documentos o testimonios que apoyaran su historia. Y recuerdo decirle al profesor un mes antes «ya no puedo más», que mis emociones andaban mal y necesitaba cortar contacto con ella porque percibía que se estaba encariñando conmigo y que su dolor se me contagiaba demasiado. Sí, dije que su dolor se me contagiaba. Como si el dolor fuera una peste. El profesor solo me dijo que le avisara a ella para evitar desaparecer de golpe y me explicó cómo debía hablarle. Ese último encuentro antes de lo acordado fue una ruptura dolorosa, le prometí compartirle el texto una vez terminado, le agradecí por el tiempo compartido y le dije que no podríamos vernos más; me guardé todo lo que me podía sobre mis emociones.

Ese mismo semestre, y para otra materia, mi fuente durante todo el curso fue un sicario de Itagüí, con él me veía menos para conversar, pero me trasnochaba los días en que llegaba. Apenas las calles se vaciaban, tocaba el timbre y entonces nos tomábamos un café nocturno en el comedor de la casa de mis papás. De alguna forma también sentí que era inevitable no sentirme vinculada con él. También percibí un montón de dolor que se me contagiaba sin poder poner un límite. Luego de escribir ambos trabajos quedé con la sensación de usar a dos personas para mi beneficio para solo desaparecer cuatro meses después.

No cualquiera escribe del conflicto armado

El resultado fue que nunca más volví a escribir sobre el conflicto en barrios/país o acerca de guerrillas o paramilitarismo. Esta negativa fue mi primera decisión de valor acerca de mi carrera, y una muy difícil de tomar, porque en una facultad donde mis profes eran periodistas premiados en esos temas y Patricia Nieto encabezaba la lista, negarse a escribir de la memoria del conflicto armado era como gritar «soy rara». Con todo y las implicaciones que tuvo esa decisión, en el último semestre noté que fue acertada.

La catedra de Patricia se ofertaba de vez en cuando, yo alcancé un cupo en mi último semestre. Cualquiera que la haya leído en libros o periódicos puede afirmar que es imposible detener las lágrimas, en sus textos los recuerdos y emociones dan la impresión de ser tangibles, se puede sentir incluso aquello que no queremos. Su método: la paciencia. Meses o años junto a las personas que serán sus fuentes o personajes, empatía y compromiso para construir una relación de confianza con cada uno de ellos, algunos incluso siguen en contacto con ella años después de terminar el proceso de escritura.

En sus clases noté que el dolor solo habita en el periodismo lento, no en las páginas con cifras y recuento de los hechos que solo aumentan nuestra indiferencia como ciudadanos. El periodismo de primicia es útil para la sorpresa y poco más; aunque algunos de esos profesores premiados también se tiraban pullas porque la entrevista con el extraditable o el ex-secuestrado «se la robó» su colega, porque para algunos el conflicto también llega a ser un asunto de vanidad y la postulación al Simón Bolívar.

¿Son innecesarias las primicias de hechos violentos? No. Todo lo contrario, van dejando pistas de los lugares a los que debe ir el periodismo de largo aliento. ¿Entonces son muy buenas? Tampoco, obligar a alguien a llorar mientras vela a su familia o se resigna a abandonar el único lugar que conoce del mundo es vil, y no culpo a las victimas que se hartan de ver periodistas llegar a su casa como si fueran palomas ante el maíz.

Escribir es insuficiente

En la catedra de Patricia descubrí que el dolor era una gripa, un contagio incómodo, pero no para personas como ella y creo que por eso hay quienes lloran o salen apresuradamente del Museo Casa de la Memoria u otros sitios semejantes. Ella seguramente llora, pero desde un lugar distinto. Quienes constantemente están en contacto con este tema desarrollan una percepción muy marcada de que la fuente es una persona, no solo un texto, y es compleja en su experiencia porque su existencia no se compone solo de memorias de dolor. Algo que muchos periodistas también llegamos a olvidar a veces.

No es solo escribir porque del periódico me asignan un artículo y me pagan, ni apagar la tv porque solo hablan de guerras, ni ir a estos museos porque es cool tomarme una foto allá, sino porque es necesario reconocer el dolor propio o ajeno cuantas veces sea necesario hasta que deje ser contagio y nos recuerde que el otro es persona y no cifra.