Comienzo a notar que me he aficionado a escribir estos posts en las madrugadas del domingo, luego de regresar a casa de bailar, casi siempre de salidas sin planear. Este sábado salí con 2 amigos de la clase de baile y el esposo de uno de ellos, y pensé en las parejas, pero en las buenas parejas. En esas historias de amor que llaman poco la atención porque pasan del caos y la violencia física o emocional.
El último mes siento que debo tomar decisiones importantes con respecto a la forma en la que construiré mis relaciones románticas en adelante y solo le saco el cuerpo al tema, «me he enfocado en pensar en mi carrera». Quisiera decir que desde el sábado tengo las repuestas para decidir, a lo mejor este texto es un intento por aclarar mi mente.
Los hechos del sábado
Beatriz está casada con quien fue el amor de su juventud. Pero no se casarón cuando fueron novios en la juventud, lo hicieron casi 30 años después luego de divorcios e hijos, luego de crear familias, deshacerlas y estar solteros durante varios años. En el bar también estaba Julio acompañado de Iván, su esposo, tienen una relación de 30 años, una diferencia de edad de 20 y un año de casados.
Ustedes dirán que esas historias tal vez llaman poco la atención, que a lo mejor sirven para decir «aaaaay». Y sí, en mi mente eso fue lo que dije mientras a todos les dio por contar la historia de su inicio de relación. Ahí fue cuando en le perdí el miedo al elefante en mi habitación, digamos que ahora por lo menos le digo «¡oe!».
Mi elefante
No sé ustedes, pero yo considero desde niña que las relaciones que terminan en matrimonio o convivencia a los pocos meses de conocerse son un martirio o equivocaciones totales, no quiere decir que un noviazgo eterno que concluya en matrimonio sea mejor, solo creo que es vital desenamorarse del otro antes de querer compartir cuentas.
En todas las parejas que conozco y me agradan he notado un factor común: la lentitud. Me pregunto si ahora que decidí no ser madre y sin esas presiones que tenía sobre querer tener resuelta mi vida a los 30, me puedo dar el regalo de la lentitud al momento de conocer a un hombre que me guste.
No como una idea enquistada de celibato ni muchos menos con el propósito de hallar un príncipe azul, sino porque quiero hacer cosas en medio del enamoramiento, cosas que no involucren a esa persona 24/7, experimentar otro tipo de rutinas compartidas que siempre he querido y nunca he tenido porque parece que todo debe ser ya porque el tiempo se acaba, me gustaría sentir que respiro en lugar de asfixiarme mientras me enamoro de alguien.
Sé que este texto es confuso, yo me siento confundida. ¿Son posibles otros tipos de amores en estos tiempos? ¿Es posible un amor lento y comprometido en la vida que estoy creando? ¿Los amores lentos son privilegio de las personas mayores de 40?